tecnofascismo empresario/estatal y soberanía digital
¿Qué significa construir una copia digital de la sociedad?
¿Qué significa transformar nuestras emociones, consumos, recorridos, vínculos y opiniones en datos analizables y vendibles?
En las últimas semanas se habló mucho de Palantir, de Peter Thiel, de reuniones con el gobierno argentino y de la implementación del llamado “gemelo digital social”.
No hay noticias públicas de un contrato firmado con Palantir al respecto. Pero sí hay reuniones, negociaciones, reformas legales y una serie de movimientos que hacen pensar que se está preparando una infraestructura nueva para gestionar la información pública, combinando los registros públicos y las redes sociales.
Ya podemos pensar algunas consecuencias.
La vigilancia queda vieja. Lo nuevo será la predicción.
Por eso el problema no es solamente quién guarda los datos.
El problema es qué se hace con ellos.
Porque quien controla la circulación de la información no solamente observa a una población. También puede influir sobre lo que vemos, lo que pensamos, lo que nos preocupa y aquello que terminamos considerando verdadero o importante.
Ya vimos algo parecido con Cambridge Analytica, la empresa que utilizó datos de millones de usuarios para construir perfiles psicológicos y dirigir mensajes políticos personalizados durante procesos electorales, con posibles vínculos y operaciones con campañas electorales en Argentina. Los famosos trolls de Marcos Peña, y ahora, la red de bots e influencers de la articulación de ultraderecha internacional, son continuaciones que podemos marcar como partes de lo mismo, aunque a diferentes escalas y terrenos.
Y cuando los perfiles psicológicos se cruzan con algoritmos capaces de personalizar contenidos para millones de personas, la frontera entre información y manipulación son cada vez más difusa.
Cada like, búsqueda, mensaje. Cada video que vemos. Cada cosa que escribimos. Todo deja rastros. Todo produce información. Y lo más llamativo es que gran parte de esa información pertenece a nuestra esfera afectiva.
Y el teléfono…
Ese pequeño objeto que tenemos en la mano, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, y queda cerca ministra tanto. Toda la atención que se nos va ahí.
Toda la energía. Toda la vida. Horas scrolleando sin sentido. Regalando nuestros rasgos, gustos, secretos. Regalando hábitos, preferencias. Siendo medidos y cotizados mientras creemos solo estar entreteniéndonos.
Eso tiene consecuencias. Psicológicas. Corporales.
Mirar el teléfono de arriba hacia abajo durante horas no es inocuo. La mirada humana está hecha para recorrer el horizonte.
Para mirar de un lado al otro. Para enfocar profundidad y también “hacer zoom”.
Para encontrarse con el mundo. Para salir a la calle y ver otros globos oculares. No para vivir encerrada todos los días en las mismas seis pulgadas de brillo eléctrico.
Y con el algoritmo, también dejamos de buscar. El algoritmo elige por nosotros. Nos alimenta con los que nos interesa. Y poco a poco dejamos de explorar algún gusto propio. Por eso creo que una respuesta posible no es abandonar la tecnología.
Es retomar el control sobre nuestra atención, nuestros rasgos y nuestra intimidad. Buscar cosas nuevas porque nos gustan. No porque aparecieron en el feed. Reducir el tiempo de pantalla. Reducir el scrolling. Volver a elegir. Usar el teléfono como cámara. Como grabadora. Como diario o como cuaderno. Como herramienta para hablar con la gente que queremos.
Para escuchar música. Para leer. Para crear y mediarnos con el mundo de miles de maneras posibles. No para pasar la vida solo “MIRANDO” las mismas seis pulgadas infernales.
Y también prestar atención al cuerpo. Al cuello doblado. Los hombros crispados. La respiración acortada. La tensión muscular de sostener un aparato .
Por eso creo que hace falta verlo. No paranoia. Elucidación. Buscar las formas de aumentarnos, no reducirnos, usando el celu.
Ver lo público y político en lo que antes era solo íntimo, y entender entonces que no todo tiene que mostrarse, ni convertirse en dato gobernable. Hay que parar un poco, con algo de todo eso.
Y quizás el viejo consejo popular siga teniendo razón, también en esta era digitalizada: no te regales.

